lunes 9 de enero de 2012

El agradecimiento (y II)


Estuve tomando clases de teatro un par de años y mi profesor, Pablo Messiez, me dió una gran lección cuando nos dijo que el espectador de la obra de teatro es responsable de encontrar la belleza en ella. Cada obra de teatro, por poco afortunada que sea, tiene sus momentos. Ese instante en que el escenario se transformó de aquella manera, con aquel juego de luces… aquel momento en que el actor dijo… ese otro en el que la actriz hizo… Y es así como el espectador se convierte en protagonista de la obra, en escritor de su propia historia, y descubre y disfruta de su belleza. ¡Y la entrada te ha costado lo mismo!
Quizá, la vida no sea más que una obra de teatro y, quizá, nosotros seamos los responsables de encontrar la belleza en ella… ¡Y la entrada te la han regalado! ¡Gracias!
Gracias por estar aquí.

martes 6 de diciembre de 2011

El agradecimiento



Gracias a la vida que me ha dado tanto

Gracias a la vida que me ha dado dos luceros que cuando los abro distingo el negro del blanco. Dos ventanas abiertas al mundo que me permiten ver hasta dónde acaba el infinito horizonte, pasando por mares y océanos, montañas y valles, ríos y lagos, días luminosos y nublados, noches de luna llena y de luna nueva, noches llenas de estrellas que alumbran mi alma y noches oscuras que la ensombrecen. Novelas y obras de teatro que puedo leer y escribir con mis ojos.

Gracias a la vida que me ha dado el oído que en todo su ancho graba noche y día grillos y canarios. Dos altavoces abiertos al mundo que me permiten escuchar sus sonidos y sus palabras, en todas sus infinitas frecuencias. Sintonizando con el cantar de las gaviotas, las gotas de lluvia, los rápidos de los ríos, el discurrir del agua en el remanso, el respirar de las olas, la voz tierna, la voz fiera, la voz traviesa… las palabras que componen las novelas y obras de teatro que puedo escuchar con mis oídos y contar con mi boca.

Gracias a la vida que me ha dado el tacto con el que noche y día puedo acariciar tu piel, mi piel, cuidarte y cuidarme, las manos con las que puedo hacer. Gracias a la vida que me ha dado la nariz a través de la cual puedo oler todas las fragancias de este mundo, la de la tía- abuela Mª Jesús, la de los pucheros sobre el fogón, la del rocío de la mañana… también la tuya. Gracias a la vida que me ha dado esta boca con la que paladear el mundo, gustar de mi existencia y saborear todas sus novelas y obras de teatro.

“Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me ha dado la risa y me ha dado el llanto. Así yo distingo dicha de quebranto. Los dos materiales que forman mi canto. Y el canto de ustedes que es el mismo canto. Y el canto de todos que es mi propio canto.”

Gracias a la vida y gracias a ti, Mercedes Sosa. Donde quiera que ahora estés, te seguimos escuchando y cantando contigo.

lunes 7 de noviembre de 2011

El perdón (y X)


Llega el momento de acabar esta saga de entradas sobre el perdón. Todo termina y, cada vez que algo termina, una cosa nueva empieza… Una puerta se cierra y otra se abre…
He leído recientemente dos e-mails de los que me gustaría extractar unas frases. Los han escrito dos personas que han sentido el poder del perdón en sus vidas… y dos puertas se han abierto…

El primer extracto es el siguiente:
“No sé si has visto la película o conoces la historia de aquellos monjes franceses de la orden del cister que murieron asesinados en Argelia en 1996 y el testamento que escribió su abad. Yo he visto hace poco la película ("De Dioses y Hombres"). No es que antes no lo supiera, aun sin entenderlo… Ahora sigo sin entenderlo pero he empezado a sentirlo. Solo perdonando a todos, incluído tú propio ejecutor, puede uno morir en paz”.
El segundo:
“El perdón es un derecho individual al que ninguno de nosotros debería renunciar. Es un verdadero poder, es una llave para la felicidad”.

jueves 6 de octubre de 2011

El perdón (y IX)


Todos hacemos daño y a todos nos hacen daño alguna vez en la vida. “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Aunque nos cueste quizá reconocerlo, si, nosotros también hemos hecho daño a los demás. Puedes darte cuenta de que es así. Incluso, has sido capaz de lastimarte a ti mismo. No somos perfectos, podemos hacer daño más o menos conscientemente, en un grado o en otro, pero todos lo hacemos en algún momento de nuestras vidas.
 Cuando alguien hace daño a otro, se suelen colgar las etiquetas de “bueno” y “malo”, “víctima” y “verdugo”. Socialmente, está mejor visto ser víctima que verdugo pero lo cierto es que el victimismo no te ayudará a salir del problema. La víctima, por definición, es alguien que no puede defenderse, que no puede hacer nada por solucionar su problema. Vestirte el traje de víctima no hace más que encerrarte en una cárcel de la cual sólo podrás salir una vez te hayas despojado de esos ropajes.
La ropa del perpetrador tampoco favorece… Hay quien dice que los perpetradores han sido antes victimas. Por ejemplo, el padre que maltrata a su hijo es, a su vez, hijo de otro padre maltratador. Es como si sólo existieran dos posibilidades: ser víctima o perpetrador.
Frente a falsa disyuntiva mental de “¿que prefieres ser: víctima o perpetrador?”, como diría mi colega Luis Bueno, “¿que prefieres ser: víctima o aprendiz?”. Porque cualquier persona puede ser aprendiz de nuevas maneras de vivir…
Y si miramos a nuestro alrededor, veremos que si, también hay aprendices. También hay hijos de padres maltratadores que con coraje reconocen y sanan su herida… Y así es como rompen la cadena que lleva a la repetición del patrón de generación en generación.
Claro que hay otras cadenas que no son transgeneracionales… y que también podemos romper.

miércoles 7 de septiembre de 2011

El perdón (y VIII)

A veces hay una persona que no sabes porqué pero… uf, no te resulta fácil estar a su lado. Hay quien dice que puede ser porque ves algo en esa persona que no te gusta y te recuerda, precisamente, aquella parte que tampoco aceptas de ti mismo. En otras ocasiones, esa persona que te enfada te puede recordar algo de alguna persona con la que conviviste antes en tu vida… y es bueno preguntarse: ¿con quién estás realmente enfadado?, ¿es por esto que acaba de ocurrir con Pepe? o ¿es por todas aquellas cosas que pasaron antes con fulano y mengano a las que te recuerda esto? Es como si los conflictos no resueltos volvieran a tu vida… hasta que decides solucionarlos. Si te fijas, ese conflicto aparentemente externo es, en el fondo, un conflicto bastante interno (te recuerda a ti mismo, te recuerda a algo que pasó con otra persona en un momento anterior de tu vida…).

martes 2 de agosto de 2011

El perdón (y VII)

Hay quien piensa que todo comportamiento humano, aunque parezca destructivo, siempre tiene en el fondo una intención positiva. Yo también lo pienso así. Por ejemplo, la señora de la que hablaba en la entrada del blog “El perdón (y IV)”, pensaba de sí misma que a veces era agresiva con su hijo y su novio. Ese comportamiento también tenía una intención positiva: la de defenderse de lo que ella percibía como una agresión contra ella por parte de su hijo y su novio (aunque en realidad se trataba de su miedo a que ambos la agredieran).

Tomar consciencia de las intenciones positivas de nuestros actos y de los actos de los demás, puede ayudarnos en ese camino de la reconciliación con el otro y con nosotros mismos. A medida que nuestra comprensión aumenta, podemos empezar a relajarnos y a darnos permiso para elegir otra forma más eficaz y confortable de afrontar el conflicto interno y externo.

lunes 11 de julio de 2011

El perdón (y VI)



Una vez trabajé con EFT con una mujer de 50 años. Le pedí que imaginara delante de ella a la niña que fué cuando tenía 11 años y que dialogara con ella. Aquella señora tenía un problema que parecía venir de aquella época de su vida. En aquel tiempo, la niña tuvo conflictos emocionales y como consecuencia de ellos engordó y empezó a tener dificultades con los estudios. A su madre no le gustaba nada que estuviera gordita… y aquella niña se sentía rechazada por ella. La mujer de 50 años estaba frente a ella misma con 11 años, dialogando con su niña, consolándola e intentando que se sintiera mejor… y se dió cuenta de que no la aceptaba… La invité a que llevara a la escena a alguien sabio, cuya opinión tuviera en alta estima, que lo imaginara allí y le pidiera su ayuda. Ese sabio le dijo: estás haciendo a esa niña lo mismo que hizo tu madre contigo. Tras ese momento de iluminación, pudo perdonar a su niña y alcanzar la reconciliación interior.