Gracias a la vida que me ha dado tanto
Gracias a la vida que me ha dado dos luceros que cuando los abro
distingo el negro del blanco. Dos ventanas abiertas al mundo que me permiten
ver hasta dónde acaba el infinito horizonte, pasando por mares y océanos,
montañas y valles, ríos y lagos, días luminosos y nublados, noches de luna
llena y de luna nueva, noches llenas de estrellas que alumbran mi alma y noches
oscuras que la ensombrecen. Novelas y obras de teatro que puedo leer y escribir
con mis ojos.
Gracias a la vida que me ha dado el oído que en todo su ancho
graba noche y día grillos y canarios. Dos altavoces abiertos al mundo que me
permiten escuchar sus sonidos y sus palabras, en todas sus infinitas
frecuencias. Sintonizando con el cantar de las gaviotas, las gotas de lluvia,
los rápidos de los ríos, el discurrir del agua en el remanso, el respirar de
las olas, la voz tierna, la voz fiera, la voz traviesa… las palabras que
componen las novelas y obras de teatro que puedo escuchar con mis oídos y
contar con mi boca.
Gracias a la vida que me ha dado el tacto con el que noche y día
puedo acariciar tu piel, mi piel, cuidarte y cuidarme, las manos con las que
puedo hacer. Gracias a la vida que me ha dado la nariz a través de la cual
puedo oler todas las fragancias de este mundo, la de la tía- abuela Mª Jesús,
la de los pucheros sobre el fogón, la del rocío de la mañana… también la tuya.
Gracias a la vida que me ha dado esta boca con la que paladear el mundo, gustar
de mi existencia y saborear todas sus novelas y obras de teatro.
“Gracias a la
vida que me ha dado tanto. Me ha dado la risa y me ha dado el llanto. Así yo
distingo dicha de quebranto. Los dos materiales que forman mi canto. Y el canto
de ustedes que es el mismo canto. Y el canto de todos que es mi propio canto.”
Gracias a la vida y gracias a ti, Mercedes Sosa. Donde quiera que
ahora estés, te seguimos escuchando y cantando contigo.